Txoritxo

               De nuevo la ardua labor de esquivar a esos torpes gigantes que no sabían volar. Incapaces de levantar dos palmos de suelo, se presentaban siempre como el mayor obstáculo para conseguir unas migajas con las que alimentar a su polluelo. La pequeña gorriona se movía espídica, precisa y nerviosa entre los numerosos usuarios de la plaza del pueblo. Mientras los niños jugaban con ruidosas actividades acompañados de proyectiles esféricos imprevisibles, los más grandes permanecían sentados en grupos reducidos, comiendo y bebiendo distintas consumiciones. Alguno aislado y sentado en los bancos del espacio público parecía observar a los demás e incluso ofrecía alimentos extras a los pajarillos.

               Hacía mucho tiempo ya que las distintas especies de alados se habían acostumbrado a cohabitar en el entorno urbano. Las aves más voluminosas no accedían de manera tan sencilla a las diminutas pérdidas de sus raciones por parte de los humanos. En ese aspecto no eran rivales, pero también atacaban a los plumíferos físicamente inferiores. Palomas, gaviotas e incluso algún mirlo además de gorriones compartían el territorio. Esto conllevaba enfrentamientos salvajes entre ellos. En pocos años el lugar, únicamente frecuentado por gorriones, fue adoptando distintas clases de pájaros no tan frecuentes.

               Ese día la responsable madre había conseguido dos buenas tajadas para su retoño. La primera con gran velocidad se la ofreció al impaciente vástago. Cuando fue a recoger la segunda tuvo que esquivar a varias palomas, estas sí, contrincantes formidables ante un suculento bocado. Una mujer observaba la acción del pequeño animal, deseando cambiar su vida por la del concienzudo recolector. Parecía una labor sencilla, pensaba la espectadora: solo buscar comida y alimentar a sus allegados. Todas las preocupaciones derivadas de asuntos económicos, problemas sociales o inseguridades estéticas eran indiferentes para la bonita gorriona.

               El nido de la minúscula familia se encontraba en un árbol enfrente de un supermercado y encima de unos contenedores de basura. La diminuta cría esperaba ansiosa la segunda tajada. Ya tenía todo el plumaje, pero todavía no había intentado volar. Veía venir a su progenitora, aleteando elegante. El corazón le dio un vuelco cuando una enorme gaviota se cruzó en la trayectoria de la portadora de su sustento. Esta hizo un par de quiebros y se desvió, perdiéndose por detrás de varios edificios.

En ese preciso momento se juntaron dos condicionantes de un hecho casi trágico: el pajarillo salió de su hogar leñoso para visualizar la posición de su madre y un camión de la basura se apresuraba a realizar su ronda, por motivos desconocidos, antes de su horario habitual. La titánica máquina se paró delante de uno de los contenedores colocados debajo del nido. Al descargar y volver a colocar el primer recipiente de basura, dio un golpe en el suelo tan fuerte que desequilibró a la cría, haciéndole caer sobre la tapa del siguiente oloroso continente.  Para cuando el pequeño se pudo recuperar del golpe ya estaba siendo volcado sobre los desechos anteriores ante la mirada aterrada de su allegada. Era una imagen desgarradora para la responsable ave, quien no dudó en meterse de cabeza en el putrefacto contenido del camión para sacar a su allegado. Coincidió esta acción con la devolución del depósito vaciado por el potente mecanismo, y la tapa golpeó a la preocupada pájara. Aturdida por el impacto, cayó dentro del contenedor, quedando atrapada en su interior. Su hijo tuvo la suerte de encontrar un hueco dentro de una lata que estaba alejada del compresor. Los dos insignificantes animalillos resultaron prisioneros y separados por la más desagradable evidencia de la presencia humana.

               Rodeados de oscuridad, madre e hijo luchaban por salir de sus celdas sin éxito. La adulta rebotaba contra las paredes invisibles una y otra vez hasta que terminó cansada en el fondo del habitáculo. Impotente y también cansado, el vástago se resignó a permanecer en su oscuro emplazamiento.

               La primera en salir fue la progenitora, que salió disparada cuando un vecino levantó la tapa para verter su basura. Le dio un susto de muerte y a punto estuvo de aplastarla al soltar de golpe la cubierta. El proyectil en forma de gorriona no paró de aletear hasta llegar al nido. Estaba nerviosa y no encontraba por ningún lado a su polluelo. Removía las plumas mudadas por los dos habitantes del pequeño cobijo como si fuera posible encontrarlo escondido debajo. Se elevó y voló por la plaza pendiente de cualquier movimiento reconocible. Acabó volviendo al nido cansada. Sin saber qué hacer se acurrucó triste sobre los trazos de la presencia de su allegado.

               Los moradores del barrio al día siguiente no vieron revolotear ni recolectar a la plumífera. Esta permanecía quieta que su frío hogar. Fue de nuevo al anochecer cuando una fuerte vibración volvió a mover el árbol que sustentaba su refugio. Entonces saltó de su letargo y recordó excitada la trifulca con el artificial artefacto. A pesar de ser tarde para el estilo de vida que caracterizaba a esta especie aviar, parecía estar muy activa, siguiendo a la enorme máquina recogedora de basura.

               Casi una hora después la minúscula acosadora seguía detrás del camión en dirección al vertedero. Se posó en un lado seguro y se dejó llevar hasta llegar a la extensa zona donde se vertía lo recogido en la cuidada ciudad. Se lanzó sobre los deshechos sin apreciar las dimensiones del terreno infectado que tenía delante. Curiosamente encontraba comida por todos los lados. Se quedó medio dormida entre algodones de distintas procedencias. El olor insoportable no le impedía descansar.

               El polluelo se encontraba cerca de su madre escondido dentro de una lata enorme de atún, prueba directa del problema con el reciclaje en la zona. Había permanecido todo el día agazapado intentando pasar inadvertido y gracias a los astros en ese infesto lugar había muchas más distracciones que el pequeño aprendiz de vuelo. Nada más caer sobre los antiguos restos de algún trastero reformado, se quedó paralizado por la presencia de miles de gaviotas revoloteando sobre los escombros. En el entorno también había sentido fauna terrestre, investigando y devorando todo lo que encontraban en su camino. Había tenido que salir, medio corriendo medio intentando volar, hasta llegar a la lata que ahora era su provisional hogar.

               La noche se hizo larga.

               A la mañana siguiente la estampa delante de la inconsciente rescatadora no pintaba nada bien. Tuvo que elevarse para huir de una enorme rata que con un ágil salto casi consigue atraparla. Huida que la llevó justo hacia la nube de gaviotas que cubría la zona. Varias de ellas se percataron de su presencia y salieron de su trayectoria, intentando cambiar de objetivo. Entre choques y amagos cayeron en picado detrás de la gorriona. Esta se estrelló cerca de su cría, llamando su atención. El ave adulta demostraba una voluntad titánica y esquivaba a sus perseguidoras, metiéndose en una vieja jaula oxidada. Las patas palmípedas de sus atacantes no podían agarrar los finos alambres de la prisión metálica y manipularla se les hacía muy difícil. A pesar de todo la zarandearon, intentando conseguir su preciado manjar.

Dejaron de prestarle atención cuando desde la enorme lata salió el asustado polluelo. Su progenitora le miró nerviosa entendiendo el peligro al que se enfrentaba, pero la pequeña entrada a su peculiar refugio se encontraba obstruida. Las dos amenazas habían dado la vuelta a la estructura que la protegía, dejando la única abertura contra el suelo. Casi no podía pasar e intentaba con todas sus fuerzas conseguirlo. Aleteaba contra el suelo y se dejaba varias plumas en el esfuerzo mientras veía a las dos hambrientas aves acercarse lentamente hasta su hijo. Este se volvió a esconder debajo de la lata, pero ya le habían descubierto. De un fuerte golpe quedó de nuevo indefenso. Parecía el final de la corta vida del pequeño ante el infructífero intento de evasión de su madre.

De repente el terreno se movió, asustando a los dos palmípedos y provocando un enorme caos en la zona. El espeso polvo que cubría la nueva configuración de la inestable montaña de basura hacía imposible ver qué había pasado con los dos gorriones. La maquinaria del vertedero removía los deshechos acumulados, dejando paso a la siguiente tanda. Con el corrimiento de escombros la angustiada mama se consiguió liberar de la jaula. Cuando se calmó el oloroso trasiego de desperdicios localizó a su retoño atrapado en una pecera cuadrada de cristal. Si no se producía otra acción de recolocación no podría salir de la transparente cárcel.

Todo estuvo en calma varias horas mientras la preocupada madre no se despegaba de su cría, a pesar de que un extraño material les impedía acurrucarse. La gorriona había intentado alimentar a su retoño sin conseguir atravesar el cristal. Al final, agotada, se posó al lado de su hambriento allegado impotente.

Apareció de entre dos bolsas de basura una enorme rata. El pájaro adulto pudo elevarse y salvarse así de la amenaza, pero el polluelo no podía marcharse de su prisión. La carroñera roedora se lanzó contra el cristal y rebotó aturdida. Empezó a olfatear alrededor de la pecera y con gran brío se puso a escarbar en un lateral. Poco a poco fue metiendo el hocico, mostrando sus enormes paletas superiores. El pajarillo se fue apartando del violento intruso a la vez que este introducía su cabeza. Al no poder llegar hasta su presa hizo el agujero más grande para poder entrar entero. La pequeña ave asustada empezó a picarle en la cabeza hasta darle en un ojo, arrancándoselo de cuajo. Su progenitora se lanzó en picado y le propinó un fuerte picotazo en el lomo trasero. Asustada, dolorida y sorprendida, la rata entró de golpe en el continente cristalino para peces. Chocó, moviendo todo, y dejó una salida clara para el pajarillo aterrorizado. Madre e hijo se dispusieron a alzar el vuelo. Este último no pudo hacerlo a la primera, pero sacó fuerzas renovadas y potenciadas por la adrenalina que le impulsaron hacia el cielo.

Volaron como si les persiguieran monstruos invisibles a sus ojos y presentes en los demás sentidos. Acumularon una hora de frenético aleteo hasta que la rescatadora cayó agotada hacia los matorrales de la zona montañosa colindante con el vertedero. Se fue a posar encima de un árbol, que por su altura se podría confundir con un arbusto, situado en un descampado. Necesitaba descansar un rato para poder continuar. Su joven hijo se recuperaba mucho más rápido, excitado por las posibilidades que le brindaba el poder volar. Pero sus problemas no habían acabado. La madre se intentó mover en la rama, pero estaba atrapada por una cola adhesiva. Se cayó al suelo derrotada y pegada a su trampa a la vez que veía a su recién rescatado, intentando deshacerse de su correspondiente lastre pegajoso. Un hombre rápidamente cogió a los dos pajarillos y los metió en una caja de mimbre.

En la penumbra de la leñosa baliza, los dos pajarillos sufrían los vaivenes del movimiento generado por el gigante que los había apresado. Estaban vendidos, aunque intentarían escapar a la mínima oportunidad. Era necesario descansar.

El captor los metió en una estancia llena de pequeñas aves, como los gorriones, de distintas especies. Algunos tenían colores variados que resaltaban ante los plumajes sobrios de los dos recién llegados. El humano parecía tener bastantes años. A decir verdad, no les daba tanto miedo el trato con personas, ya que casi siempre eran alimentados por ellas. La gorriona estaba muy quieta, cansada. El hombre los puso en una de las perchas preparadas para que se posaran los distintos alados. Estuvo poniendo comida en distintos sitios mientras lo observaban sus nuevas adquisiciones. Al abandonar el poblado habitáculo no lo hizo solo, ya que los dos gorriones salieron disparados detrás de él antes de cerrar la puerta. El anciano miró como escapaban sus dos trofeos, sorprendido por la increíble iniciativa de los animalillos. Escupió un juramento mientras sonreía divertido.

Volaron sin mirar atrás hasta reconocer el hormigón a lo lejos. La naturaleza se les hacía extraña, salvaje y peligrosa.

***

Una mujer en la plaza observaba el banquete que se estaban dando dos gorriones cerca de su mesa y se animó a ofrecerles más migas de pan sobrante de su actual consumición. Era incapaz de distinguir a la adulta del joven polluelo, con plumajes marrones y puntas negras, pero en su mente se repetía la misma idea: «Qué fácil y tranquila parecía la vida de un pajarillo comparada con sus problemas cotidianos».

FIN

RC: La niña que podía matarte con la mirada

—La niña que puede matarte con su mirada, es capaz de devolver toda la violencia que ha visto y sufrido, a través de sus ojos.

Maite escuchaba la frase de boca de Dadi, una mujer esbelta natural de Nigeria que vivía en el barrio. Estaban en la cola del cajero, último paso para salir del pequeño supermercado con la compra hecha. La belleza africana iba acompañada de una amiga, no tan agraciada, y mantenían una conversación sobre leyendas de sus respectivos lugares de origen. Llevaban poca compra y le habían pedido a Maite que les dejara pasar. A pesar del inmenso dolor que le produjo Dadi al agarrarla del brazo para llamar su atención, cedió sin problemas con una amplia sonrisa. Le caían muy bien. Sentía un gran respeto por los emigrantes y sobre todo por las mujeres. Para ella era inimaginable abandonar su hogar e introducirse en ese peligroso éxodo con la incertidumbre colgada del cuello, haciendo mucho más pesada la vida. El contraste del color de la piel se acentuaba al estar al lado de la indígena local. Esta, blanca como la leche, iba tapada a pesar del caluroso verano que azotaba la zona, encontrando en el cobijo de su apartamento, junto a su marido, el lugar correcto para consumir su vida. La cantidad de ropa que portaban también las diferenciaba, pero en este caso Maite conseguía destacar sobre todo el mundo.

—A mí la llorona me parece aterradora —dijo la acompañante de Dadi con el mismo acento exótico que su amiga.

—Pero es que esta pequeña presagia un final sangriento. En ocasiones suceden hechos horrorosos en los pueblos de los alrededores.

—¿En tu tierra?

—Sí. —Dadi, asintiendo, miró a la menuda mujer blanca que las escuchaba.

—Es un alivio no preocuparnos por esos cuentos por aquí.

—Pienso que también viajan con nosotras. Esas historias no mueren nunca. Una vez me encontré a una anciana que sobrevivió a la niña.

La cajera les llamó la atención para que pasaran sus diferentes artículos. El ritmo de la vida seguía e intentaba hacer que se movieran todos con él. Llegó el turno de Maite quien todavía estaba intrigada por la conversación de las dos extranjeras. Era una ferviente creyente y seguidora de la vida y milagros de Jesucristo. En su cabeza entraban todo tipo de fenómenos sobrenaturales y, al contrario de muchos feligreses ególatras que defendían su única verdad, creía en la vinculación de todos ellos a lo largo del globo terrestre. Temía la presencia del diablo en cualquier lugar del mundo.

Mecánicamente puso los consumibles encima de la cinta transportadora mientras reflexionaba con la mirada perdida en el exterior del establecimiento. De repente se fijó en la espalda desnuda de una pequeña adolescente de tez morena. Su rostro no era visible ya que miraba hacia la carretera que pasaba por delante del negocio, pero sus movimientos espasmódicos podían llamar la atención de cualquiera. Nadie se percataba de ella, solo la mujer pálida. El lector de códigos creaba un sonido con ritmo hipnótico mientras la niña parecía girarse para mostrar su cara. La piel curtida por el sol iba poco a poco dejando ver una boca con labios carnosos, un pómulo suave y una dentadura afilada aterradora.

—Así 58,50€ ¿Tiene tarjeta de puntos? —La cajera sacó del trance a su clienta dándole un pequeño susto. La distrajo y al volver a examinar el exterior no vio a nadie.

Maite se disculpó por su despiste y continuó con su rutina diaria, pero sus pensamientos estaban enmarañados. Se mezclaban sin remedio y volvían a reincidir en ese rosto hambriento que había visto o intuido en la niña de la puerta.

El camino a casa lo hizo agobiada por la sensación de que alguien la observaba, la acechaba. Se hacía tarde y tenía muchas tareas que afrontar antes de que llegara Elías, su marido.

En el apartamento todo parecía estar como siempre. La luz de la calle no iluminaba lo suficiente debido a la orientación de su fachada y tuvo que encender las luces. De todas maneras, se acercaba la noche. Durante un rato se desplazó de una estancia a otra, apagando y encendiendo las lámparas. En una de estas ocasiones algo se movió entre las sombras, metiéndose en una de las habitaciones oscuras. Lo vio con el rabillo del ojo, pero no fue capaz de distinguirlo. Aterrada por el suceso en el super, se acercó despacio hasta el habitáculo ausente de luz y pulsó el interruptor. Los fotones inundaron el lugar, dejando ver su contenido sin alumbrar nada fuera de lo corriente. La mujer se tranquilizó un momento desde el umbral de la puerta. La calma duró muy poco ya que miró a su derecha y al alzar la vista una niña semidesnuda la acechaba con un rostro demoníaco. Recordó la frase de Dadi y al ver esos horrendos ojos comprendió de repente a que se refería. Si algo era mortal estaba atrapado en esas cuencas.

Sobresaltada cerró la puerta y salió corriendo al pasillo. Se topó de bruces con su compañero de vida.

—¿Se puede saber qué haces? —preguntó algo enojado al verla tan alterada —. Aparta, que voy a cambiarme. —Maite no decía nada asustada. No se atrevía a contarle su nuevo trastorno. Lo último que quería era que pensara que se estaba volviendo loca.

Elías se metió en la habitación ocupada por la niña. La mujer hizo un intento de avisarle, pero se quedó paralizada. Al parecer su marido no se percató del ente. Con cuidado la paliducha ama de casa entró de nuevo en la estancia examinando todos los rincones con la mirada. Había desaparecido la amenaza. El hombre la observaba extrañado, pero sin darle mucha importancia.

—Estará hecha la cena ¿no? —Esperaba que su mujer hubiera aprovechado el tiempo en casa como él lo hacía en su trabajo.

La velada trascurrió con normalidad. Tras terminar de cenar, Maite recogió la mesa y se puso con la faena de fregar en la cocina. Tenían lavavajillas, pero no lo utilizaban por el ruido y la falsa sensación de consumir demasiado. En realidad, era ella la que prefería ser más silenciosa para no molestar a su marido. Este se había terminado una botella de tinto y cuando la mujer fue a tirarla se le escapó de las manos, haciendo mucho ruido en la cocina. Paralizada esperaba una queja o gesto de desapruebo  por parte de su cónyuge. El silencio devolvió la normalidad a sus pulsaciones.

Cuando iba a continuar con sus quehaceres algo se desplazó en el costado de la nevera situada cerca de la puerta. Desde la rendija lateral del electrodoméstico aparecieron unos dedos ensangrentados que hicieron fuerza para sacar el cuerpo de la espectral niña. Su cara estaba aplanada, pero seguía dando mucho miedo. Poco a poco tomó un volumen normal mientras se acercaba lentamente a la mujer. Entonces Maite cogió una escoba para hacerle frente. Le temblaba todo el cuerpo azuzando antiguas lesiones que se unían para potenciar el miedo que emanaba de cada poro de su piel.

Salió disparada contra la pared, recibiendo un fuerte golpe que le arrebató la escoba de las manos. La sonrisa maléfica de la violenta niña acompañaba a varios golpes en su cara y un último empujón que acabó en un traumatismo craneal cuando se estrelló contra el granito de la encimera. Se apagaron las luces en su cabeza, quedando tirada sobre las frías baldosas.

***

Por la mañana se despertó en la misma posición en la que se había quedado la noche anterior. Le dolía todo el cuerpo. Sabía que su marido se levantaba muy temprano, no desayunaba y seguro que no habría pasado por la cocina. Las imágenes de la espectral presencia que le atacó seguían muy vivas en su cabeza. Varios recuerdos la hicieron levantarse de golpe, resintiéndose de sus contusiones en el acto. Con gran esfuerzo llegó hasta el aseo y sacó varios antiinflamatorios que tragó de sopetón. En el espejo le pareció ver de nuevo a su atacante, pegándose un susto de muerte. Otra vez un intenso dolor se propagó por su cuerpo desde el cuello hasta la rabadilla.

Entonces le vino a la mente de nuevo la conversación en el supermercado y la última frase de Dadi en la que indicaba que conocía a alguien que había sobrevivido a la niña. Se vistió rápidamente y salió en busca de la nigeriana. En el barrio había varios locutorios donde es probable que la encontraría. Además, pensaba que trabajaba en uno de ellos.

Los vecinos del barrio la vieron correr de un negocio a otro muy alterada. Se extrañaban de que una persona tan discreta como ella mostrara tal desasosiego en público. Finalmente encontró a la bella africana.

—¡Dadi, Dadi! —le llamó nerviosa.

—Hola guapa ¿qué te ocurre? —Maite era una de las personas que le habían ayudado alguna vez y la apreciaba muchísimo.

—¿Podemos hablar en privado? —La pregunta parecía una súplica.

—Sí, por supuesto, vamos al despacho.

Las dos mujeres se metieron en una pequeña oficina que había en la trastienda del local.

—¿Qué te pasa cariño? Te veo muy alterada.

—Ayer os oí hablar de un demonio… de una niña. —Dadi la miraba intrigada —. Resulta que la he visto. Me atacó ayer por la noche.

—¿Estás segura? Son habladurías de viejas supersticiosas.

—Pero… pero tu dijiste que conocías a alguien que sobrevivió. Me lanzó contra el granito.

—¿Y tu marido?

—Él no sabe nada no quiero que piense que estoy loca.

—Oh no mi amor —dijo cogiéndole de la mano —, tú no estás loca eres un ángel. —La africana sentía deseos de abrazar a la aterrorizada Maite —. Me dejas ver que es lo que te ha hecho.

Maite se apartó a la defensiva, no quería remangarse delante de ella. Se levantó e hizo el amago de marcharse, molesta e incómoda, pensando que era inútil hablar con Dadi.

—Espera. Conocí a una mujer que luchó por su vida contra la dura mirada de esa pequeña. —Había captado la atención de su interlocutora —. Ese ser maldito viene buscando sangre y hay que darle lo que pide. Siempre hay varias formas de que se conforme, unas benefician a unos y otras a otros.

Maite se marchó sin saber realmente lo que tenía que hacer bajo la atenta y pensativa mirada de la nigeriana. Recordó la primera vez que la había visto. Los primeros meses en ese pueblo fueron muy duros. Tenía que comprar alimentos para su bebe y se arriesgó a cogerlos en el super, confiando en que se los fiarían. Pero no fue así y pasó un momento muy apurado hasta que Maite le pagó la cuenta. Fuera del supermercado le dijo que viniera a la misma hora todos los días y ella le ayudaría con lo que necesitara de comida. También había ayudado a otras dos compañeras de trabajo por lo menos. Siempre la consideró como una persona especial que echaba una mano a los demás sin ningún interés. La vida de la emigrante mejoró, pero no pudo devolverle el inmenso favor que le había hecho. La bondadosa mujer se mostraba hermética ante cualquier vecino y nadie sabía nada de su privacidad. Sin embargo, a Dadi no se le escapaba ningún detalle. Sus ojos habían presenciado demasiada humillación, violencia e injusticia. Algo o alguien estaba maltratando a su altruista amiga.

***

Maite llegó a casa alterada después de sentir como todo el barrio la observaba. Odiaba ser el centro de atención y a pesar de que a nadie le interesaba su estado actual su cerebro le indicaba lo contrario. Todos se giraban para mirarla con rostros siniestros y diabólicos.

Cerró la puerta de la entrada y en la cocina se puso a rezar el Padre Nuestro de manera compulsiva. Temía que se hubiera vuelto loca de verdad ¿Qué diría su marido al respecto? No quería decírselo por vergüenza y sobre todo por miedo. Y si pensara que no merecía la pena. La abandonaría a su fatal suerte. Se apoyó en la repisa de granito sintiendo la fría piedra mientras un aluvión de dudas asfixiaba su cerebro.

—Hola cariño. —Su marido estaba en la puerta de la cocina con un ramo de rosas. Le dio un susto de muerte —. Me siento fatal por lo de anoche —dijo acercándose a su esposa. Esta se quedó confusa—. Quiero que me perdones. Fue el puto alcohol que me trastorna.

Elías se acercó más a ella ofreciéndole las flores. Las dudas desaparecieron: fue su marido quien le dio la paliza por la noche. Todo encajaba: no tenía que haber hecho ruido con la botella. Esta acción sacó de las casillas al hombre y le dio un toque de atención dejándola inconsciente en la cocina. La situación era brutal, pero conocida. Se sintió entonces tan machada como frustrada por todo su entorno. Se había podido colar en su mente algo tan imposible al intentar justificar lo injustificable.

Cuando decidió coger las flores vio en el umbral de la puerta de nuevo a la horrorosa niña. Sonreía complacida. Maite retrocedió asustada. Se dio cuenta de que no era solamente una jugarreta de su cerebro.

—Son para ti. No quiero hacerte daño.

La mujer se alejó según se acercaba la niña por detrás del robusto hombre. Este se enfadó de manera desmedida.

—¡Estoy intentado arreglar las cosas! ¡¿Así me lo agradeces?! —Maite no le oía, presagiando un terrible final. Miraba hacia la puerta y veía todavía más excitado al espectro. Entonces el maltratador se lanzó sobre ella, estrellando el ramo de flores contra la pared. La agarró del cuello con las dos manos —¡Mírame a la cara cuando te hablo! —Apretaba cada vez más fuerte el cuello de su posesión más preciada. Esta se volvía a estremecer de terror al ver como las manos de la niña aparecían por los hombros de su agresor. Estaba trepando por su espalda
—¡¿Crees que eres mejor que yo, que no te merezco?! —Se había convertido en un monstruo de dos cabezas: una con forma humana cruel y otra fantasmagórica. Esa expresión de pavor descontrolado vertió más gasolina sobre la encendida ira que desplegaba el agresor.

Maite abrió la boca intentando coger aire y el pequeño espíritu se lanzó de cabeza intentando entrar por el orificio abierto. El estrangulador apretaba demasiado y se quedó atascado en la garganta. Esta empezó a hincharse. La mujer tenía la mandíbula desencajada y un espectro pataleando en su boca con la clara intención de poseerla. Cualquiera de las dos opciones que se le presentaban a Maite eran trágicas: morir o ser poseída.

La agredida, por acción de la media posesión, lanzó una patada al estómago del violento marido. Este se sorprendió ya que era la primera vez que se defendía su complaciente esposa. Aflojó un poco y el ente se introdujo rápidamente. El rostro de Maite se transformó en algo demoníaco que asustó a Elías y se apartó de ella.

—¡Me ibas a matar cariño! —gritó la posesa con la mismísima voz del diablo. La puerta de la cocina se cerró de repente, dando otro susto al monstruo de carne y hueso—. Me traes rosas sin espinas. Qué detalle más bonito. —La desfigurada mujer se acercó más a su torturador—. Me gustan más las moradas que hacen juego con mis golpes —dijo entre espasmos mientras se arrancaba el vestido. Su cuerpo estaba lleno de moretones y cicatrices.

—¿Qué te pasa? ¿Qué es lo que quieres? —Elías balbuceada nervioso ante la impresionante cara de su esposa.

—Quiero llegar a tu corazón.

Mostrando una sonrisa grotesca atravesó el pecho de su marido con la mano y sacó el corazón por la espalda mientras el cuerpo caía muerto sobre su hombro. La boca sin vida de Elías quedó a la altura de la suya y le dio un larguísimo beso ensangrentado. Lo tiró a un lado y la asesina se empezó a retorcer de dolor en su sitio. El espectro salió de su cuerpo, provocando la caída del recipiente. Sobre las frías baldosas Maite observaba el rostro sin vida de su marido mientras un dolor intenso le atacaba la garganta. Respiraba con dolor, pero estaba viva.

***

Dadi, fuera del pequeño supermercado del barrio, con una compra muy parecida a la que le había regalado Maite hacía unos años, contemplaba seria las ambulancias que asistieron al matrimonio. Una niña que solamente podía ver ella le tiró de la falda, llamando su atención. La nigeriana la miró y esta sonrió con la sonrisa del diablo.

FIN

El mal pensante

No suelo perder el control, pero cuando mi selección perdía por 4 a 0 en directo, en mi televisión, junté a todos los jugadores en el centro del campo y repitieron mis palabras: “no soy digno de mi nación” y tras arrancarse los ojos, todo el mundo supo de mi existencia. Ahora todo es en diferido.

Anomalía

Solo quería abrazarla, besarla, estremecerla de placer, como tantas veces me lo había imaginado. Podría entonces cantarle una canción al oído, inspirada por su existencia.

Si eso es lo que deseaba, por qué atravesé su costado con ese cuchillo. De dónde salió esa punta afilada. Esta vez me propuse evitar el fatídico final, pero parece ser imposible. Se asustó como todas, sin saber que no debía temerme para sobrevivir.

¿Y por qué no se muere? Se me acerca firme mirándome con sus enormes ojos.

“Has usado la llave al infierno.

Demasiadas vidas, demasiado tiempo.

No eres nada, solamente un necio.

Tu terror y tu miedo son el precio.”

Me canta al oído, mostrándome seguido sus colmillos.

A cerca de mí

___Bienvenidos a mi página.

___En ella encontraréis mis trabajos literarios. Mediante historias fantásticas y cautivadoras espero llegar como mínimo a entreteneros. La idea es que disfrutéis leyendo lo mismo que yo he gozado escribiendo. Intento huir del aburrimiento por lo que si os cuento algo lo voy a hacer de manera divertida y amena.

___Nací en 1973 en San Sebastián, Guipúzcoa. Siempre estuve rodeado de libros sobre ciencia ficción heredados de mi padre. Como cinceles sobre arcilla la cultura musical, cinematográfica y televisiva de los años ochenta y noventa fueron marcando mis gustos, martilleados por la prosa de autores literarios de todos los géneros.

___Cuando estaba a punto de entregar el proyecto de fin de carrera tuve que parar, escribir un guion para un cortometraje y continuar después con la preparación de la defensa. A partir de esa revelación nada ni nadie pudo parar la necesidad de contar mis propias historias e intentar mejorar mi técnica.

___Esta nueva pasión me introdujo en el mundo de la animación 3D. Por causas laborales me especialicé en la dirección técnica dejando la parte artística en un segundo plano. Numerosos relatos se me amontonaban en la nube hasta que en 2016 decidí descargar los nubarrones.

___Actualmente compagino el trabajo como profesor de formación profesional con la escritura. Mi primer libro es el comienzo de una saga denominada “El tesoro de Nita”, en la que un mundo oscuro y fascinante es revelado a una niña de 11 años. En mis trabajos se incluyen historias de distintos géneros.

___Me gusta el cine, las series, la lectura y la escritura, entre otras cosas. Me vuelven loco las historias con mucho ritmo, trepidantes.

___Mi única pretensión es haceros pasar un buen rato.

___Todos mis libros los podéis encontrar en Amazon. Desde mediados del 2017 pertenezco a un grupo de escritores independientes de fantasía denominado Circulo de fantasía con el que colaboro en distintas actividades y con los que he publicado varias antologías.

___Un abrazo.