Alrededor de la hoguera hablamos de pasiones y guerras

Este libro es un compendio de relatos cortos de distintos géneros, de poemas, de canciones y de modestos pensamientos dedicados a fechas determinadas, a situaciones vividas o a distintas reflexiones.

Entre los relatos encontramos líneas repletas de tensiónterrorhumorfantasía ciencia ficción. Son textos sencillos con una historia siempre sorprendente que seguro conseguirá entretenerte.

 Alterno distintos estilos que rompen una prosa continua y recogen numerosas tramas en forma de poemas cortoscanciones y relatos en verso. Todos ellos con una musicalidad muy personal.

Puedes conseguir de manera gratuita la versión ebook pulsando aquí.

Los formatos físicos se pueden obtener en los siguientes botones:

Elisea siente

¿Y si fueras capaz de sentir lo que sienten los demás?

Descubrirías quién miente, quién está triste, quién te desea, quién es un perturbado. ¿Y si no pudieras controlarlo? Tendrías un verdadero problema para saber cuáles son tus propios sentimientos y harías lo que no estás dispuesto a hacer.

Elisea, asesora de la policía, posee ese don y lo utiliza para intentar atrapar a un asesino en serie con características sobrehumanas que aterroriza a la ciudad.

Catorce nuevas canciones ilustran el contenido con momentos inolvidables. Desde el pop más actual hasta el folk de todos los tiempos. Fado, jota, música disco, rock y diferentes estilos retratados con letras cargadas de historias conmovedoras.

Disponible en versión:

Kindle

Tapa blanda

Tapa dura

Empezar a leer los primeros capítulos.

El tesoro de Nita (Parte I y II)

Por clamor popular (2 personas me lo han pedido y no quiero dar sus nombres) he recopilado las dos primeras partes de las fantásticas aventuras de Nita. De esta manera queda un volumen más completo y en los formatos más interesantes.

Nita es envuelta en un mundo oscuro que destruye su infancia y la lanza a la edad adulta. Los juegos y momentos divertidos son sustituidos por aventuras al límite de sus posibilidades. En muchas ocasiones son misiones a vida o muerte.

Lo tenéis en los siguientes formatos:

Kindle

Tapa blanda

Tapa dura

Hechizo de mar

«Basado en la vida de María de Zozaya, nacida en 1530 y cuya defunción fue causada por torturas inquisitoriales en 1610. Vivió en Rentería y murió en una mazmorra en Logroño».

Sangre de la tierra, de la vida y del espíritu carente de libertad. Mar magnético que me arrastró hasta sus límites para gozar con el arenal fruto de su generosidad.

Alimenté mi mente con viajes que atravesaban su ondulada superficie a bordo de veleros, calaveras o manejables txalupas sin llegar nunca a un destino fijado, sin esperar nada distinto al mecer de mi cuerpo por el arrullo constante de sus aguas y ese olor salado que desprende.

Dejé las montañas, pobladas de verde colorido, tan acogedoras y rebosantes de recursos, para admirar su inmensidad. Joven, niña e ingenua, me acerqué hasta el lugar más próximo donde el océano acariciaba la costa, insistente, tenaz, cariñoso como un buen amante sabedor de conseguir poco a poco el fruto de su perseverancia. En la ciudad prometida, construida bajo su amparo, San Sebastián.

Todavía recuerdo ahogarme ante tan descomunal presencia, anulando mi propia existencia con el único anhelo de aprender sus secretos, esos misterios que rondaban por el aire con el que todos los mortales respirábamos afortunados. Vegetales, alimañas y aves, animales pequeños o grandes se mostraban transparentes ante mis cada vez más desarrolladas facultades; pero esa extensión azul, oscura, escondía riquezas inalcanzables. Esta lejanía las hacía, si cabe, más atractivas.

Las gaviotas podían sobrevolarlo sin encontrar la manera de recorrer toda su extensión. El horizonte infinito desesperaba a cualquier aventurero impaciente por llegar a cruzarlo. Podría albergar todos los sueños de los seres humanos desde el comienzo de los tiempos.

La juventud, bendito coraje inconsciente, me bañó de la energía necesaria para enfrentarme a todos los retos que marcaban mis pasiones. En los ojos de varios mozos encontré otro tipo de placer y un asombro continuo al verme depositar mi ropa en el banco del batel con el que salíamos a alta mar, lejos de la costa, lejos de las miradas morbosas y donde, antes de perdernos en la excitación de nuestra piel, me lanzaba desnuda, como una punta de flecha, hacia las profundas aguas que nos sostenían. Intentaba atravesar todas sus capas para encontrar la esencia reveladora que me ayudara a comprender hasta dónde llegaba este hermoso continente buceando en su contenido. Era un pez que compartía mi vida con el resto de los seres marinos. Incluso me consideraba parte del mar. Yo golpeaba las rocas hasta convertirlas en polvo de arena. Cobijaba a todos los seres que poblaban mi interior y engullía barcos repletos de tesoros con los que decorar mis estancias. Alguna vez me pareció sentir la presencia de una enorme ballena viajando a algún lugar fantástico donde sería venerada como un dios mundano.

Y el pueblo cantaba.

Si lanzas al mar todos tus problemas

no se van sin más, vuelven con la marea.

Elige un lugar sin castillos de arena.

Cuida tu amor y olvida tus penas.

«Forma parte de Dios», me decía a mí misma. Algo tan complejo repleto de criaturas excepcionales, como los mismos cetáceos, avalaban en mi cabeza, en gran medida, la figura de ese ente superior al que adorábamos. Dios. Se suponía que era portador de justicia, bondad y humanidad. Todo estaba al alcance de todos y podíamos utilizarlo. En qué momento se torció el camino que partía de él y nos unía al final de nuevo con su presencia.

A nuestra imagen y semejanza los incontables cambios de humor del océano, que delimitaba el territorio, dejaban entrever su carácter divino mezclado con lo humano, confundiéndolo todo en un borrón ennegrecido. La clama se perdía de repente como un mal gesto ante algo reprochable. Un aviso de pura violencia. De origen celestial sin ninguna duda. Aguantaba mis ganas observando el poder de las incontables fanegas juntas por un mismo fin y sincronizadas en movimientos hipnotizantes. Me fastidiaba no poder navegar por esos lomos salvajes, envidiando a los también innumerables habitantes de las aguas profundas, que participaban en todos los estados de ánimo de su fiel cobijo.

Una mujer no podía trabajar en un barco pesquero. Incluso no debería pisar ningún cascarón que flotase bajo pena de mal fario. Se me escurría entre las manos, con el tiempo, el sueño de aprender a moverme por un ballenero y explorar lugares lejanos. Ser testigo de situaciones o ver pueblos que pocas personas habían visto quedó en un segundo plano, desplazado por la necesidad de seguir una trayectoria marcada por la sociedad. La vida cotidiana y ordinaria se apoderó de todos a mi alrededor y sucumbí sin remedio.

Aunque el papel de inquieta marinera desapareciera de mis posibles roles, no abandoné la necesidad de empaparme con lo que la naturaleza me ofrecía. Hierbas, insectos, árboles, plantas, animales y seres vivos en general tenían algo que ofrecer al ser humano en mayor o menor medida. Obra toda ella digna de su creador. Y pude aprender a utilizarla para el beneficio de la comunidad. Construí una vida junto a un buen hombre con el que compartir el frío invierno y las cálidas tardes de verano. A pesar de todo, los paseos por las playas y acantilados llenaban de gozo nuestros cada vez más ancianos corazones, aportando las dosis adecuadas de fuerza para aguantar los distintos temporales.

De la mano de los defensores de Dios, esa extremidad temida por creyentes y herejes, se llevaba más almas que el prodigioso mar. El carnaval al que sometían a las más puras intenciones hacía las delicias de oscuras perversiones reprimidas por votos imposibles de cumplir. Solo así se explicaban las atrocidades cometidas. Los nubarrones se posicionaban sobre los afectados como si intentaran evitar que alguien en las alturas pudiera ver lo que estaba pasando. Rompía el aire un ruido cortante fruto de la fricción del látigo agitado con saña hacia un inminente castigo.

Fui condenada a reconocer al diablo como un ser superior facultado con un conocimiento profundo del que yo me beneficiaba. De esta manera reconocía la ignorancia de nuestro Señor, el Creador y su incapacidad de enseñarme lo que sabía.

La imaginación, como arma de doble filo, es capaz de alimentar el espíritu hasta empujarlo a realizar acciones maravillosas y, también, puede poblar tu cabeza con imágenes insanas, sin sentido, que te acercan a herramientas de tortura.

El poder siempre se manifiesta cuando lo sufren las personas. A menudo, los más débiles. Si viene envuelto por hábitos de cualquier tipo de interés se convierte en una prolongada tragedia.

Yo era un juguete en manos del Mal. Me lo repetían y estaba de acuerdo al ver mi estado y quien me lo decía. Las fuertes tormentas que asolaban los mares cumplían mis deseos de segar vidas en el nombre del príncipe de las tinieblas. Asistía a aquelarres mientras un diablo me suplantaba en mi hogar yaciendo con mi marido y relacionándose con el vecindario con el fin de encubrir mis abominables reuniones.

Con más huesos rotos que sanos, el hombre bueno con el que enlacé mi vida, acusado de gran hechicero, me echó en cara el haber tenido encuentros carnales con un demonio con mi aspecto, mi olor, mi calor.

¿Cuál era la verdad en toda esta historia? Mi mente se encontraba colapsada por tantos hechos fantásticos y tantos maltratos.

Cuando caí de rodillas en la húmeda mazmorra, me encontraba contenta y tranquila por haber vivido tanto tiempo. Gotas de sangre mojaban mi temblorosa mano. El rojo líquido cubría todas mis arrugas llenándolas hasta desbordarlas al igual que la lluvia cubre las heridas creadas sobre las montañas y los valles, confluyendo en caudalosos ríos que acaban por verter su contenido en los inmensos mares. Las fuerzas se me escapaban y no podía dejar de pensar en la arena mojada bajo mis pies, en la fría caricia del agua en la orilla sobre ellos, constante, agradable, relajante. Ahora me podía liberar del cuerpo, ancla terrenal, e ir a explorar sus vastas extensiones sin miedo a los temporales, sin nadie que me atase.

Dragones de Stygia III: Antología de relatos

Ya está disponible en kindle y tapa blanda la tercera entrega de relatos cortos del grupo de talentosos escritores de fantasía denominado «El Círculo de Fantasía».

Historias que te cautivarán y con las que pasaras ratos inolvidables.

Una manera ideal de conocer a nuevos escritores de fantasía a un precio que está al alcance de todos.

El tesoro de Nita: El lenguaje de la tierra

Después de más de un año de los sucesos con su padre, Nita, al borde de la adolescencia, intenta descifrar su camino. Corren los años ochenta. Recién salidos de la crisis del petróleo, se conjugaban varios aspectos en la vida cotidiana de Euskadi que marcarían a varias generaciones y por su puesto influirán en el entorno de la pequeña. Alrededor de ella y de sus increíbles poderes aparecen nuevos seres interesados en dominar un extraño idioma: «el lenguaje de la tierra». Su manipulación fue prohibida en los albores de la formación de los mundos. Todo es posible si sabes utilizarlo. De nuevo ella parece tener la calve.

Por otro lado, su amigo Jaime envuelto en una profunda oscuridad, como secuela de su «accidente», y Jon, el maltratador que tanto sufrimiento causó en el grupo de la niña, se mezclarán en esa búsqueda implorada por su progenitor. Una lucha constante intentado discernir entre el bien y el mal que forma parte de todo ser vivo.

Gum, el fiel gúmulo de cinco toneladas, el más grande del cantábrico, el hijo de las nubes y el viento, teme lo peor para su pupila y constata que muchas amenazas quieren acabar con su luz.

Nita, con trece años, añora su ingenua infancia mientras se prepara para la lucha.

Disponible en Amazon en dos formatos:

Es aconsejable leer la primera parte: «El no dragón hambriento».

Saga:

  1. El no dragón hambriento.
  2. El lenguaje de la tierra.
  3. T-Regina (próximamente)

Pues sí, es un dragón.

Lo miré desde mi balcón y sí, era un enorme dragón plagado de escamas de colores, con una robusta cola y las alas de un pequeño avión. Se lo describí a un viejo amigo residente en México y me aseguró que había viajado en aeroplanos más pequeños. Creía haber visto de todo por esas tierras, sobre todo en el día de los muertos, y me había contado que convivían con la creencia de la existencia de las criaturas más pintorescas sobre la Tierra o la no Tierra.

De verdad que entrarían muchos viajeros en la panza de la espectacular bestia.

En la calle los transeúntes no se inmutaban, más pendientes de sus teléfonos portátiles que del inusual visitante. Abstraídos por las nuevas tecnologías podrían recibir una bocanada infernal del dragón sin desviar sus trayectorias. Chocaban molestos con la dura piel escamada y seguían por otro lado. Los ancianos parecían notar algo fuera de lo normal, pero como tenían paso por los laterales no le dieron mucha importancia.

El caso es que el gigante alado no hacía daño a nadie y sabedor de su superioridad no temía nada.

Terminé la conversación intercontinental y al colgar un escalofrío me recorrió la espalda cuando sentí la ardiente mirada del exótico seudosaurio sobre mis carnes. Me escondí en el interior del pequeño y acogedor apartamento que compartía con la mujer de mi vida. Estaría a punto de llegar y se iba a encontrar a esta infranqueable amenaza. Quise llamarla, pero una garra, que destrozó la abertura en la fachada por donde accedíamos al palco privado desde el cual disfrutábamos de la actuación coral diaria en el barrio, me hizo tirar el móvil y me agarró con fuerza, impidiendo mi huida ¿Por qué había estado hablando con otro país y no con la única persona que daba sentido a este loco mundo?

Ella llegó y me vio en volandas atrapado por la grotesca mano. Con lágrimas en los ojos intentó liberarme, pero no pudo. El animal me arrastró con él, mientras veía como mi amor llamaba desesperada a urgencias. Yo esperaba que trajeran varios tanques, aunque no sería muy conveniente para mí que dispararan al monstruo.

Por supuesto que había observado que el agresor tenía alas y las usó. En cuestión de segundos ya estábamos en el aire e íbamos directos hacia la unión entre las lágrimas celestes y las lanzas ardientes proyectadas por el Sol, el arcoíris. Al atravesarlo mis manos perdieron la piel y la carne al igual que el resto de mi cuerpo. Recordé entonces algo que me había narrado entusiasmado mi amigo mejicano: los pintorescos seres en los que creían los mexicanos eran guías que ayudaban a cruzar a las lamas hasta el mundo de los muertos. Ausentes mis lacrimales, con un corazón renegando de su cometido, no entendía por qué sentía tanto dolor al perderla.

Dragones de Stygia: Antología de relatos II

Disponible en Amazon.

Quiero compartir con todos vosotros esta magnífica obra realizada de puño y tecla por dieciséis escritores de literatura independiente de género fantástico, entre los que yo me incluyo y que hará las delicias de cualquiera que busque acción, aventuras, suspense, terror, locura y un sin fin de emociones. Todo ello condensado en dieciséis relatos fantásticos.

Historias sorprendentes y muy entretenidas que te conmoverán. No lo dudes.

RC: La niña que podía matarte con la mirada

—La niña que puede matarte con la mirada es capaz de devolver a través de sus ojos toda la violencia que ha visto y sufrido.

Maite escuchaba la frase de boca de Dadi, una esbelta mujer de Nigeria que vivía en el barrio. Estaban en la cola del supermercado. Iba acompañada de una amiga, no tan agraciada, y mantenían una conversación sobre leyendas de sus respectivos lugares de origen.

Llevaban poca compra y le habían pedido a Maite que les dejara pasar. A pesar del inmenso dolor que le produjo Dadi al agarrarla del brazo para llamar su atención, cedió sin problemas con una amplia sonrisa. Le caían muy bien. Sentía un gran respeto por los emigrantes y, sobre todo, por las mujeres. Para ella era inimaginable abandonar su hogar e introducirse en ese peligroso éxodo con la incertidumbre colgada del cuello; con una vida mucho más complicada.

El contraste de las pieles se acentuaba al estar al lado de la indígena local. Esta, blanca como la leche, se tapaba a pesar del caluroso verano que azotaba la zona, encontrando en el cobijo de su apartamento, junto a su marido, el lugar correcto para consumir su vida. La cantidad de ropa que portaban también las diferenciaba, pero, en este caso, Maite conseguía destacar sobre los demás.

—A mí la llorona me parece aterradora —dijo la acompañante de Dadi con el mismo acento exótico que su amiga.

—Pero es que esta pequeña presagia un final sangriento. En ocasiones suceden hechos horrorosos en los pueblos de los alrededores.

—¿En tu tierra?

—Sí.

Dadi miró a la menuda mujer blanca que las escuchaba.

—Es un alivio no preocuparnos por esos cuentos por aquí.

—Pienso que también viajan con nosotras. Esas historias no mueren nunca. Una vez me encontré a una anciana que sobrevivió a la niña.

La cajera les llamó la atención para que pasaran. El ritmo de la vida seguía e intentaba hacer que se movieran todos con él. Llegó el turno de Maite, todavía intrigada por la conversación de las dos extranjeras. Era una creyente convencida. En su cabeza entraban todo tipo de fenómenos sobrenaturales y, al contrario de muchos feligreses ególatras que defendían su única verdad, creía en la vinculación de todos ellos a lo largo del globo terrestre. Temía la presencia del diablo en cualquier lugar del mundo.

Puso los consumibles encima de la cinta transportadora mientras reflexionaba con la mirada perdida en el exterior del establecimiento. De repente se fijó en la espalda desnuda de una pequeña adolescente de tez morena. No le veía el rostro, ya que miraba hacia la calle, pero sus movimientos espasmódicos podían llamar la atención de cualquiera. Nadie se percataba de ella, solo la mujer pálida. El lector de códigos creaba un sonido con ritmo hipnótico mientras la niña parecía girarse. La piel curtida por el sol iba poco a poco dejando ver una boca con labios carnosos, pómulos suaves y una dentadura afilada y aterradora.

—Así son cincuenta y ocho con cincuenta ¿Tiene tarjeta de puntos? —La cajera sacó del trance a su clienta dándole un pequeño susto. La distrajo y, al volver a examinar el exterior, no vio a nadie.

Maite se disculpó por su despiste y continuó con su rutina, pero sus pensamientos estaban enmarañados. Se mezclaban sin remedio y volvían a reincidir en ese rostro hambriento que había creído ver en la niña de la puerta.

Hizo el camino a casa agobiada por la sensación de que alguien la observaba, la acechaba. Se hacía tarde y tenía muchas tareas antes de que llegara Elías, su marido.

En el apartamento todo parecía estar como siempre. La luz de la calle no iluminaba lo suficiente debido a la orientación de su fachada y tuvo que encender las luces.

Se acercaba la noche.

Durante un rato se desplazó de una estancia a otra, apagando y encendiendo las lámparas. En una de estas ocasiones algo se movió entre las sombras, metiéndose en una de las habitaciones oscuras. Lo vio con el rabillo del ojo, pero no fue capaz de distinguirlo. Aterrada por el suceso del super, se acercó despacio hasta el habitáculo en penumbra y pulsó el interruptor. Los fotones inundaron el lugar, dejando ver su contenido. Nada fuera de lo corriente. La mujer se tranquilizó un momento desde el umbral. La calma duró muy poco, ya que miró a su derecha y, al alzar la vista, una niña semidesnuda la acechaba con un rostro demoníaco. Recordó la frase de Dadi y, al ver esos horrendos ojos, comprendió de repente a qué se refería. Si algo era mortal estaba atrapado en esas cuencas.

Sobresaltada, cerró la puerta y salió corriendo al pasillo. Se topó de bruces con su marido.

—¿Se puede saber qué haces? —preguntó algo enojado al verla tan alterada—. Aparta, que voy a cambiarme. —Maite no decía nada. No se atrevía a contarle su nuevo trastorno. Lo último que quería era que pensara que se estaba volviendo loca.

Elías se metió en la habitación ocupada por la niña. La mujer hizo un intento de avisarle, pero se quedó paralizada. Al parecer, su marido no se percató de nada. Con cuidado, la paliducha ama de casa entró de nuevo en la estancia examinando todos los rincones. La amenaza había desaparecido. El hombre la observaba extrañado, pero sin darle mucha importancia.

—Estará hecha la cena, ¿no? —Esperaba que su mujer hubiera aprovechado el tiempo en casa como él lo hacía en su trabajo.

Tras terminar de cenar, Maite recogió la mesa y se puso a fregar en la cocina. Tenían lavavajillas, pero no lo utilizaban por el ruido y la falsa sensación de consumir demasiado. En realidad, era ella la que prefería ser más silenciosa para no molestar a su marido. Este se había terminado una botella de tinto y, cuando la mujer fue a tirarla, se le escapó de las manos, armando mucho ruido en la cocina. Paralizada, esperaba una queja o gesto de desaprobación por parte de su cónyuge. El silencio devolvió la normalidad a sus pulsaciones.

Cuando iba a continuar con sus quehaceres, algo se desplazó en el costado de la nevera. Desde la rendija lateral del electrodoméstico aparecieron unos dedos ensangrentados que hicieron fuerza hasta sacar el espectral cuerpo de la niña. Su cara estaba aplanada, pero seguía dando mucho miedo. Poco a poco ganó un volumen normal mientras se le acercaba. Maite cogió una escoba para hacerle frente. Le temblaba todo el cuerpo.

Recibió un fuerte golpe que le arrebató la escoba de las manos y la empujó contra la pared. Fue golpeada varias veces en la cara, acompañada de la sonrisa maléfica de la niña. Un último empujón acabó en un traumatismo craneal cuando la estrelló contra el granito de la encimera. Se apagaron las luces en su cabeza.

***

Por la mañana se despertó en la misma posición en la que se había quedado la noche anterior. Le dolía todo el cuerpo. Sabía que su marido se levantaba muy temprano, no desayunaba y seguro que no habría pasado por la cocina. Las imágenes de la espectral presencia que la atacó seguían muy vivas en su cabeza. Varios recuerdos la hicieron levantarse de golpe, resintiéndose de sus contusiones en el acto. Con gran esfuerzo, llegó hasta el aseo y sacó varios antiinflamatorios que tragó de sopetón. En el espejo le pareció ver de nuevo a su atacante y se pegó un susto de muerte. Un intenso dolor se propagó de nuevo por su cuerpo desde el cuello hasta la rabadilla.

Entonces le vino a la mente la conversación en el supermercado y la última frase de Dadi en la que indicaba que conocía a alguien que había sobrevivido a la niña. Se vistió con prisas y salió en busca de la nigeriana. En el barrio había varios locutorios donde era probable que la encontrara. Además, pensaba que trabajaba en uno de ellos.

Los vecinos del barrio la vieron correr de un negocio a otro muy alterada. Se extrañaban de que una persona tan discreta como ella mostrara tal desasosiego en público.

Finalmente encontró a la bella africana.

—¡Dadi, Dadi! —la llamó nerviosa.

—Hola, guapa. ¿Qué te ocurre? —Maite era una de las personas que la habían ayudado alguna vez y la apreciaba muchísimo.

—¿Podemos hablar en privado? —La pregunta parecía una súplica.

—Sí, por supuesto, vamos al despacho.

Las dos mujeres se metieron en una pequeña oficina en la trastienda del local.

—¿Qué te pasa, cariño? Te veo muy alterada.

—Ayer os oí hablar de un demonio. De una niña. —Dadi la miraba intrigada—. Resulta que la he visto. Me atacó ayer por la noche.

—¿Estás segura? Son habladurías de viejas supersticiosas.

—Pero tú dijiste que conocías a alguien que sobrevivió. Me lanzó contra el granito.

—¿Y tu marido?

—Él no sabe nada, no quiero que piense que estoy loca.

—Ay, no, mi amor —dijo cogiéndole de la mano—, tú no estás loca, eres un ángel. —La africana sentía deseos de abrazarla—. ¿Me dejas ver qué te ha hecho?

Maite se apartó a la defensiva, no quería remangarse delante de ella. Se levantó e hizo el amago de marcharse, molesta e incómoda, pensando que era inútil hablar con Dadi.

—Espera. Conocí a una mujer que luchó por su vida contra la dura mirada de esa pequeña. —Con eso consiguió captar la atención de su interlocutora—. Ese ser maldito viene buscando sangre y hay que darle lo que pide. Siempre hay varias formas de que se conforme, unas benefician a unos y otras a otros.

Maite se marchó sin saber lo que tenía que hacer. Recordó la primera vez que vio a la nigeriana. Los primeros meses en el pueblo fueron muy duros para ella. Tenía que comprar alimentos para su bebé y se arriesgó a cogerlos en el super, confiando en que se los fiarían. Pero no fue así y pasó un momento muy apurado hasta que Maite le pagó la cuenta. Fuera del supermercado le dijo que viniera a la misma hora todos los días y ella le ayudaría con lo que necesitara de comida. También había ayudado a, por lo menos, otras dos compañeras de trabajo.

Dadi siempre la consideró una persona especial que echaba una mano a los demás sin ningún interés. La vida de la emigrante mejoró, pero no pudo devolverle el inmenso favor que le había hecho. La bondadosa mujer se mostraba hermética ante cualquier vecino y nadie sabía nada de su vida privada. Sin embargo, a Dadi no se le escapaba ningún detalle. Sus ojos habían presenciado demasiada humillación, violencia e injusticia. Algo o alguien estaba maltratando a su altruista amiga.

***

Maite llegó a casa alterada después de sentir que todo el barrio la observaba. Odiaba ser el centro de atención y, a pesar de que a nadie le interesaba su estado actual, su cerebro le indicaba lo contrario. Todos se giraban para mirarla con rostros siniestros y diabólicos.

Cerró la puerta de la entrada y en la cocina se puso a rezar el Padre nuestro de manera compulsiva. Temía que se hubiera vuelto loca de verdad ¿Qué diría su marido al respecto? No quería decírselo por vergüenza y, sobre todo, por miedo. ¿Y si pensara que no merecía la pena? La abandonaría a su fatal suerte. Se apoyó en la encimera sintiendo la fría piedra mientras un aluvión de dudas asfixiaba su cerebro.

—Hola, cariño. —Su marido estaba en la puerta de la cocina con un ramo de rosas. Le dio un susto de muerte—. Me siento fatal por lo de anoche —dijo acercándose. Esta se quedó confundida—. Quiero que me perdones. Fue el puto alcohol, que me trastorna.

Elías se acercó más ofreciéndole las flores. Las dudas desaparecieron: fue su marido quien le dio la paliza por la noche. Todo encajaba. No tenía que haber hecho ruido con la botella. Esto le sacó de sus casillas y la atacó hasta dejarla inconsciente. La situación era brutal pero conocida. Se sintió tan machada como frustrada. Incluso algo tan imposible como la niña siniestra se había podido colar en su mente para justificar lo injustificable.

Cuando decidió coger las flores vio en el umbral de nuevo a la horrorosa niña. Sonreía complacida. Maite retrocedió asustada. Se dio cuenta de que no era solo una jugarreta de su cerebro.

—Son para ti. No quiero hacerte daño.

La mujer se alejó según se acercaba la niña por la espalda de su marido. Este se enfadó de manera desmedida.

—¡Estoy intentado arreglar las cosas! ¡Así me lo agradeces! —Maite no le oía ante el presagio de un terrible final. Miraba hacia la puerta y veía todavía más excitado al espectro. Entonces, el maltratador se lanzó sobre ella tras estrellar el ramo de flores contra la pared. La agarró del cuello con las dos manos—. ¡Mírame a la cara cuando te hablo! —Le apretaba el cuello cada vez más fuerte. Maite se volvía a estremecer de terror al ver como las manos de la niña aparecían por los hombros de su agresor. Trepaba por su espalda—. ¡Crees que eres mejor que yo, que no te merezco? —Se había convertido en un monstruo de dos cabezas: una humana y cruel y otra fantasmagórica. Esa expresión de pavor descontrolado vertió más gasolina sobre la ira que inflamaba al hombre.

Maite abrió la boca para coger aire y el pequeño espíritu se lanzó de cabeza intentando entrar por el orificio. Como el estrangulador apretaba demasiado, el espectro se quedó atascado en la garganta. Esta empezó a hincharse. La mujer tenía la mandíbula desencajada y un fantasma pataleando en su boca con la clara intención de poseerla. Cualquiera de las opciones que se le presentaban a Maite eran trágicas: morir o ser poseída.

La agredida, medio poseída, lanzó una patada al estómago del marido. Este se sorprendió, ya que era la primera vez que ella se defendía. Aflojó un poco y el ente se introdujo del todo. El rostro de Maite se transformó en algo demoníaco que asustó a Elías e hizo que se apartara de ella.

—¡Me ibas a matar, cariño! —gritó la posesa con la mismísima voz del diablo. La puerta de la cocina se cerró de repente, dando otro susto al monstruo de carne y hueso—. Me traes rosas sin espinas. Qué detalle más bonito. —La desfigurada mujer se acercó más a su torturador—. Me gustan más las moradas que hacen juego con mis golpes —dijo entre espasmos mientras se arrancaba el vestido. Su cuerpo estaba lleno de moretones y cicatrices.

—¿Qué te pasa? ¿Qué es lo que quieres? —Elías balbuceaba nervioso ante la inquietante cara de su esposa.

—Quiero llegar a tu corazón.

Mostrando una sonrisa grotesca, atravesó el pecho de su marido con la mano y sacó el corazón por la espalda. Luego el cuerpo cayó muerto sobre su hombro. La boca sin vida de Elías quedó a la altura de la suya y le dio un larguísimo beso ensangrentado. La asesina lo tiró a un lado y luego se empezó a retorcer de dolor.

El espectro salió de su cuerpo, provocando la caída del recipiente.

Sobre las frías baldosas, Maite observaba el rostro sin vida de su marido mientras un dolor intenso le atacaba la garganta. Respiraba con dolor, pero estaba viva.

***

Dadi, fuera del pequeño supermercado, con una compra muy parecida a la que le había regalado Maite hacía unos años, contemplaba seria las ambulancias que asistieron al matrimonio. Una niña que solo ella podía ver le tiró de la falda, llamando su atención. La nigeriana la miró y esta sonrió con la mismísima sonrisa del diablo.

El mal pensante

No suelo perder el control, pero cuando mi selección perdía por 4 a 0 en directo, en mi televisión, junté a todos los jugadores en el centro del campo y repitieron mis palabras: «no soy digno de mi nación» y tras arrancarse los ojos, todo el mundo supo de mi existencia. Ahora todo es en diferido.