Audio relato: La niña que podía matarte con la mirada.

Os presento el relato de terror La niña que podía matarte con la mirada ahora locutado por Juan Carlos Albarracín en su proyecto personal Locuciones Hablando Claro.

Se trata de un audio de 17 minutos en el que podréis disfrutar de la historia de una manera diferente.

Audio relato: La niña que podía matarte con la mirada. Autor: Jorge García Garrido. Locutor: Juan Carlos Albarracín.

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Karma 2.0

Asunto: KARMA v2.0. El Diablo está presente en la red.

De: epa@jgg.es

Para: iglesiacatólica@santísimatrinidad.es

Buenos días.

Necesito con urgencia que la iglesia o el papa hagan algo y cierren una página web que ha sido creada por el mismo señor de las tinieblas. Está en circulación y al alcance de todos. Yo acabé en su dirección por casualidad y casi no lo cuento.

Conocí a una chica nueva de mi oficina hace unos meses. Entre papeles, rutina y tediosas tareas congeniamos de una manera inusual. De repente, los días grises se convirtieron en una gama de colores excitantes y motivadores. Confesamos nuestros miedos, aficiones, gustos y cultos.

Le atraía el budismo por lo que busqué información por internet sobre él. Quedé fascinado en un principio por su doctrina. Pienso que se deberían añadir varios puntos al cristianismo, pero eso es otro tema. El caso es que apareció ante mí el concepto de karma. Según la explicación oficial consiste en la creencia de que todo lo que hagas en esta vida te influirá en el futuro o en tus vidas posteriores. También creen en la reencarnación, claro.

Estudiándolo con detenimiento me fascinó. Numerosos creyentes daban constancia de vidas pasadas y reconocían su estatus actual debido a su comportamiento anterior. Algunos habían sido redimidos de sus pecados o sus actos negativos y ahora disfrutaban de una notable existencia.

Enlace a enlace y buceando por curiosidades encontré la página titulada Karma 2.0. En ella se proponía un sencillo test para conocer las posibles repercusiones en un futuro cercano de mis últimas acciones. Pulsé en el botón que llevaba la etiqueta de «Karma Test».

La siguiente pantalla me advertía de la seriedad de la aplicación con el siguiente texto:

Para un óptimo resultado es necesaria la sinceridad y tomar al oráculo con seriedad. Si no se siguen estas indicaciones el resultado puede ser inadecuado.

Ningún dato aquí expuesto se guardará en un soporte digital.

Obviamente estaba en internet y este tipo de apreciaciones me las pasé por… bueno, no hice caso. Pulsé en el botón de continuar. En la siguiente pantalla me indicó que le escribiera cómo quería que me llamase. Le puse «Putoamo». En año de nacimiento introduje el «69». Seguí adelante y llegué a un decálogo de buenas acciones. La pantalla hizo una interferencia rara, pero no le di mucha importancia. Las diez acciones venían encabezadas con una frase que me pareció curiosa.

Hola, Puto, ¿has hecho algo bueno esta semana?

Me había cambiado el nombre. Me pareció muy cachondo por lo que proseguí con mi elección. Además no vi la manera de poder cambiarlo. Entre varias opciones muy altruistas y humanitarias me decanté por una que rezaba: «He realizado todas mis tareas a tiempo». No era la más espectacular, pero como preveía la siguiente pregunta me pareció la más adecuada.

Pulsé en «Siguiente».

Muy bien, Puto, has sido una persona buena, pero puedes mejorar.

Ahora, Puto, ¿has hecho algo malo esta semana?

Aquí me lo veía venir y elegí la más interesante: He torturado y matado a un ser vivo. De la lista con las diez acciones negativas me decanté por la más destructiva. Podía haber indicado anteriormente que había salvado la vida de un ser vivo y no lo hice porque en mi cabeza sonaba razonable lo de una vida por la otra. Pensaba que se anularía el efecto ya que estaban en extremos opuestos.

Seguí con el test y ya no me preguntó nada más. Ante mis ojos aparecían y desaparecían palabras mientras una cuenta pasaba por siete cálculos mágicos. Después del séptimo proceso la aplicación me mandó un mensaje.

Posees un karma muy descompensado. Para llegar al equilibrio perderás uno de tus ojos y uno de tus brazos en un plazo de una semana.

Camina con conocimiento de tus semejantes y trata a todos los seres vivos como te gustaría que te trataran a ti. Nos encontraremos de nuevo.

Sé feliz, Puto.

 Me quedé sorprendido ante la claridad de la sentencia. ¿Sería lo mismo matar a una hormiga o a una persona? El veredicto no necesitaba de esa aclaración. Si el muerto que confesaba era un insecto no me salía a cuenta lo de mis posibles pérdidas. Sin embargo, a cambio de un asesinato, a lo mejor sí estaría más proporcionado.

Una mosca superdesarrollada, ya que era siete veces una normal, se estrelló contra el cristal de mis gafas dándome un susto de muerte. Duró un milisegundo en el que el aleteo desconcertado del bicho me alteró demasiado. También ayudó a la aceleración de mi ritmo cardíaco la sugestión que experimentaba después de usar la aplicación.

Me reí en soledad para quitarle hierro al asunto y negar que algo tan aleatorio pudiera influir en mis convicciones.

El móvil empezó a vibrar para llamar mi atención sobre un grupo de amigos que compartía. Llegaron siete mensajes casi seguidos por lo que no pude desatenderlo. Había una feria medieval en el centro de la ciudad y uno del chat nos animaba para que fuéramos a dar una vuelta. Se hacía una vez al año y casualidad, coincidía que era este fin de semana. Construían puestos de venta ambulante con maderas y se disfrazaba una amplia zona para ambientar el festejo. Era muy común en muchas ciudades y pueblos españoles. Entre varias actividades propias de aquellos años se encontraban las exhibiciones de arco y flechas, de tiro con ballestas y de duelos con espadas y armamento pesado.

¿Qué podía salir mal? Pensé cuando me saltaron varias alarmas sobre mi integridad física y la posibilidad de dar veracidad al test realizado. Las dudas se me disiparon nada más ver en una de las historias de mi compañera de oficina que ya estaba en la feria. Me imaginaba una tarde agradable en la que sumaría muchos puntos si le regalaba algo de bisutería esotérica. Sabía que le encantaba.

Todo por amor.

Salí de casa enfundado con mis metas más optimistas sin dar crédito a ninguna creencia pagana y tomé rumbo al lugar donde se divertían mis amigos. He de reconocer que en el justo momento de atravesar el umbral de la puerta de acceso a mi apartamento no pude evitar santiguarme como se lo había visto hacer a mis abuelas y a las ancianas del pueblo. Miré hacia los lados antes de conjurar la costumbre católica para asegurar que no me viera nadie.

La ruta más directa pasaba al lado de unas obras urgentes, de esas que cambian la configuración vial de toda la ciudad y que por consiguiente, debían realizarse también en fin de semana. Me sorprendí buscando otra alternativa menos aparatosa y más segura. Después de pensarlo y reconocer el absurdo de la situación tomé el camino más corto. Las risas que se iban a echar los colegas a mi costa cuando se lo contase, me animó a restarle importancia e intentar continuar con mi vida de manera normal.

El trago de incredulidad me duró hasta que el ruido de un martillo neumático me hizo dar un brinco hacia el escaparate de un comercio que tenía la persiana echada. La estructura metálica sonó casi más fuerte que la herramienta mecánica. Los transeúntes se sobresaltaron por mi reacción molestos ante una alteración de sus sentidos tan extraña. Me di un golpe muy fuerte en el hombro izquierdo contra el hierro.

—Estoy bien, estoy bien…

Quise tranquilizar al personal y a mí mismo. Notaba que mi extremidad colgaba sin problema de mi cuerpo. Solo se encontraba algo resentida.

La circulación volvió a la normalidad medio segundo después de comprobar que se trataba de un imbécil con una atracción extraña hacia las persianas metálicas.

Reanudé mi marcha y una paloma voló por encima de mi cabeza. Me agaché como si el mismo cuervo del infierno me viniera a sacar los ojos. Un grito agudo de pavor salió de mi tensa garganta.

—¡Joder! —protestó un cincuentón que casi me atropella.

—Perdona.

En mi defensa he de decir que la afición por visitar las terrazas desarrollada por varios tipos de aves urbanitas hace que sus vuelos sean cada vez más rasantes sobre nuestras cabezas. Suelen tener muy buenos reflejos, pero hoy podría ser el día en el que me topara con un pájaro torpe.

Por cada cruce regulado por semáforos sufría otra crisis que me paralizaba y me obligaba a comprobar mil veces la seguridad del tráfico. Al final corría de una acera a otra como si me quemaran los pies en la arena ante la cara de asombro de la gente que me rodeaba.

Los intentos por seguir con mi vida de manera normal no parecían muy efectivos. Me doy cuenta de que es uno de tantos motivos para cerrar esa dichosa página. Ya sé que en estos entresijos de la fe es importante el temor al ser omnipotente al que se venera, sin embargo, tanto temor me parece muy cargante.

Me puse los cascos inalámbricos para ver si me calmaba. Ahora lo veo como una temeridad por mi parte: anular el sentido del oído en semejante estado de emergencia seguro que no se encontraba entre las primeras opciones lógicas de seguridad. En ese momento me pareció una buena idea. Evité el Death Metal ya que, a mi parecer, era muy adecuado para un accidente gore y elegí un disco de Hard Rock.

El riff pegadizo de la primera canción provocó una tranquilidad casi inmediata en mi interior.

Jimmy ya no es ese joven soñador.

La vida cruel ha roto su corazón.

Un idiota infiel que error tras error

acabó por perder a su único amor.

El aislamiento que conseguí me hizo avanzar muy rápido e ignorar todas las señales que con anterioridad me provocaban alteraciones en mi conducta normal. Un chico en un patinete eléctrico pasó a toda velocidad a pocos milímetros de mi espalda. Había decidido tocar su timbre para que me apartara en vez de aminorar la marcha. Lo vi despotricar mientras se alejaba a una velocidad, a mi parecer, fuera de lo normalizado.

Alguien se dio cuenta de que estaba tarareando la siguiente estrofa en un imperfecto inglés. Me lanzó un gesto sutil, pero evidente, con el que me demostraba el poco interés que debían tener los demás sobre mis gustos musicales. Me sentí como si fuera en un coche con la música a tope y las ventanillas bajadas.

Mara, decepcionada, sin su juventud,

apuesta con su alma a favor de la luz

que vio en esa mirada vestida de azul.

Dos aves enjauladas, una vida en común.

El suelo vibró justo cuando llegaba el subidón del estribillo. La canción me tenía ganado y en ese momento era uno más del coro de la banda de rock.

Woah, decían que se amaban,

oh-oh, ninguno, midió sus palabras.

Woah, anhelaban viejos tiempos.

Oh-oh, sus manos entrelazadas.

Esa fuerza imparable que ardía por las noches y hacía dulces las mañanas.

¿Dónde quedaron? ¿Por qué abandonaron la batalla?

Cuando me di la vuelta encontré el motivo del movimiento de baldosas: un bloque de hormigón de la obra que condicionaba el tránsito por esa calle había caído a unos metros detrás de mí. Los obreros se apresuraron a parar la circulación y lo recogieron de inmediato. Gracias a Dios, no hubo que lamentar ningún daño personal. Me quité los cascos asustado y salí corriendo hacia mi destino. No iba a dar más oportunidades al karma para demostrar su saber hacer.

Frené justo al llegar a la peatonal en la que se había montado la feria. El ambiente era espectacular. Personas de todas las edades disfrutaban de los puestos y atracciones medievales montadas para el evento. Numerosas ofertas gastronómicas hacían las delicias de padres y madres mientras sus retoños se balanceaban en columpios de madera o se preparaban para girar en una especie de tiovivo impulsado por un ingenioso mecanismo que activaba con esfuerzo el feriante mediante una manivela.

Otra vez, los miedos sugestionados hicieron su aparición. Un puesto con preñados de chorizo apetitosos se convertía, en mi mente, en un lugar con contenedores de grasa que amenazaban con dispararla y destrozarme el ojo. La sección de cetrería, llena de picos y garras me provocaba escenas grotescas y muy dolorosas en las que la frase «cría cuervos y te sacarán los ojos» cobraba un realismo insoportable. Las espadas, escudos, hachas y demás armas pesadas de la época no ayudaban a apaciguar una imaginación demasiado intoxicada con comics, películas y series en las que proliferaban las amputaciones de miembros y de extremidades sin ningún miramiento.

Alterado me dispuse a encontrar a mis amigos. A ver si en compañía me distraía y conseguía superar este mal trago. Había demasiada gente para poder localizarlos. Era difícil concentrarse con tanto peligro potencial a mi alrededor. Un niño gritó por algún motivo y yo casi lo repliqué por acto reflejo. Un ladrido de un perro minúsculo me perforó el oído. Una mano en mi espalda acabó sacando ese alarido contenido.

—¿Qué te pasa tío? —Era Pedro, mi colega.

—Nada, nada. —Solté una risa forzada.

—Estamos en las gradas para la demostración de tiro con arco y ballesta.

—Que bien… yo…

—Venga vamos que nos lo vamos a perder.

Me guio hasta el lugar donde se encontraban otros dos amigos sentados. El espectáculo estaba a punto de empezar. Lo veíamos desde un lateral en la tercera fila de una grada con seis alturas. En el medio de una pista de arena un arquero con los ojos vendados pedía al público que guardara silencio ya que debía concentrarse en su objetivo. A veinte metros delante de él tenía una manzana sobre una columna de madera de metro setenta. Hizo dos veces la gracia de apuntar a las gradas mientras preguntaba si alguien había dicho algo. Todos reían, menos yo, que me retorcía aterrado en mi asiento.

El arquero movió el pie atado a un cordel que agitaba un cascabel situado a poca distancia de la manzana. Respiró hondo y atravesó la fruta con la flecha. Esta se clavó en una barrera de madera que había más adelante. Todos aplaudimos la hazaña.

Vi a lo lejos pasar a Mónica, mi compañera de trabajo. Me levanté como un resorte para llamar su atención y perdí el equilibrio. Caí por encima de las dos filas que tenía debajo y me di un golpe muy fuerte. La arena que habían echado no amortiguó nada mi caída y en cambio, me llenó la sudadera de granos y barro. Algún refresco había hecho argamasa con la arena y distintos materiales existentes en el suelo.

—Estoy bien, estoy bien —dije mientras me levantaba deprisa y me sacudía la ropa. Notaba varios puntos de dolor en mi cuerpo insignificantes comparados con la brecha en mi orgullo.

—¿Estás bien, tío?

Mis colegas llegaron a mi posición con cara de susto.

—Sí, sí, me he tropezado. —Mónica al parecer no me había visto. No la localicé por ningún lado.

—Vaya hostión. Ja, ja.

Se empezaron a reír sin poder parar hasta que sus ojos se llenaron de lágrimas incontrolables. Me lo iban a recordar durante mucho tiempo.

—Que cabrones. Voy a ver si veo a una compañera de curro.

Me pareció entender que me habían escuchado, aunque no podía distinguir bien sus gestos entre tanta carcajada descontrolada.

Me fui en la dirección en la que había localizado a Mónica y tras examinar el laberinto de puestos de artículos artesanos la encontré agachada, acariciando a un perrito muy bonito. Tras un saludo muy prometedor y una conversación muy interesante sobre perros acabé con una cita para ver la última superproducción de Hollywood, con ella, y con un cachorro de dos meses recién adoptado en mi casa. Un día redondo en el que gané todos los puntos posibles. Los ataques imaginarios continuaron toda la jornada, pero al parecer ella no les dio importancia.

Rayo, mi nuevo compañero de piso, es un torbellino, pura energía.

Por cierto tengo el brazo derecho escayolado y un parche en el ojo izquierdo. A los dos días de adoptarlo se me cruzó cuando salía de la ducha y me resbalé en el baño. Era por esto por lo que deberían cerrar esa página del diablo para que no ocurran más desgracias. Tengo para tres meses antes de recuperarme. ¿Quizás por haber mentido no haya perdido para siempre el brazo y el ojo?

Espero impaciente su respuesta.

            Jorge.

Asunto: KARMA v2.0. Rectifico.

De: epa@jgg.es

Para: iglesiacatólica@santísimatrinidad.es

Hola de nuevo.

Vuelvo a ponerme en contacto con ustedes para que se olviden de mi mensaje anterior. Después de esperar dos meses su respuesta decidí volver a hacer el test. En este caso puse la verdad: que había ayudado a mejorar la vida de un ser vivo. Me dio como resultado siete números con los que probé fortuna.

Soy muy afortunado. El caso es que no he recibido vuestra respuesta. ¿Habéis hecho el test? ¿Por qué nadie responde?

Saludos,

            Jorge.

Alrededor de la hoguera hablamos de pasiones y guerras

Este libro es un compendio de relatos cortos de distintos géneros, de poemas, de canciones y de modestos pensamientos dedicados a fechas determinadas, a situaciones vividas o a distintas reflexiones.

Entre los relatos encontramos líneas repletas de tensiónterrorhumorfantasía ciencia ficción. Son textos sencillos con una historia siempre sorprendente que seguro conseguirá entretenerte.

 Alterno distintos estilos que rompen una prosa continua y recogen numerosas tramas en forma de poemas cortoscanciones y relatos en verso. Todos ellos con una musicalidad muy personal.

Puedes conseguir de manera gratuita la versión ebook pulsando aquí.

Los formatos físicos se pueden obtener en los siguientes botones:

Elisea siente

¿Y si fueras capaz de sentir lo que sienten los demás?

Descubrirías quién miente, quién está triste, quién te desea, quién es un perturbado. ¿Y si no pudieras controlarlo? Tendrías un verdadero problema para saber cuáles son tus propios sentimientos y harías lo que no estás dispuesto a hacer.

Elisea, asesora de la policía, posee ese don y lo utiliza para intentar atrapar a un asesino en serie con características sobrehumanas que aterroriza a la ciudad.

Catorce nuevas canciones ilustran el contenido con momentos inolvidables. Desde el pop más actual hasta el folk de todos los tiempos. Fado, jota, música disco, rock y diferentes estilos retratados con letras cargadas de historias conmovedoras.

Disponible en versión:

Kindle

Tapa blanda

Tapa dura

Empezar a leer los primeros capítulos.

El tesoro de Nita (Parte I y II)

Por clamor popular (2 personas me lo han pedido y no quiero dar sus nombres) he recopilado las dos primeras partes de las fantásticas aventuras de Nita. De esta manera queda un volumen más completo y en los formatos más interesantes.

Nita es envuelta en un mundo oscuro que destruye su infancia y la lanza a la edad adulta. Los juegos y momentos divertidos son sustituidos por aventuras al límite de sus posibilidades. En muchas ocasiones son misiones a vida o muerte.

Lo tenéis en los siguientes formatos:

Kindle

Tapa blanda

Tapa dura

El nido de Mus

    Mus es una pequeña musaraña que se desenvuelve en un mundo salvaje. Se trata del mamífero más pequeño del mundo. Sufrirá una complicada odisea para encontrar su sitio. En su camino nos dará una increíble lección de humanidad. Esa humanidad perdida por aquellos abusones y maltratadores que se creen superiores a los demás. Un grupo de niños en una excursión que marcará sus vidas.

Disponible en Kindle.

Tapa blanda

El tesoro de Nita: El no dragón hambriento.

Nita es una niña de 11 años que vive en los años ochenta. Agosto, sol, juegos, diversión y baños en su bonito pueblo pesquero chocan con un mundo cruel, fantástico y demoledor. Deberá luchar por sus seres queridos descubriendo secretos sorprendentes sobre el entorno que la rodea y sobre sí misma.

Actualmente se puede adquirir en Amazon a un precio muy asequible. Está en versión digital (kindle) y en versión de tapa blanda.

Empezar a leer los primeros capítulos.

Saga:

  1. El no dragón hambriento.
  2. El lenguaje de la tierra.
  3. T-Regina (próximamente)

Tonos

«Cuando lo ves todo negro te agarras a cualquier gris oscuro»

Sigue la vida de cuatro personajes que intentan salir de la oscuridad que envuelve sus vidas. Deseos obsesivos, esclavitud sexual, amenazas de muerte y depresiones se mezclan para crear distintas tonalidades que tiñen sus trayectorias sin remedio aparente.

Una lucha por lo importante de verdad contra monstruos alojados cómodamente en nuestra sociedad.

Catorce nuevas canciones ilustran el contenido con momentos inolvidables, situaciones hilarantes y encrucijadas desesperadas. Desde el pop más actual hasta el folk del otro lado del atlántico. Tango, joropo, música disco, rock y diferentes estilos retratados con letras cargadas de historias conmovedoras.

Disponible en versión:

Kindle

Tapa blanda

Tapa dura

Empezar a leer los primeros capítulos.

Hechizo de mar

«Basado en la vida de María de Zozaya, nacida en 1530 y cuya defunción fue causada por torturas inquisitoriales en 1610. Vivió en Rentería y murió en una mazmorra en Logroño».

Sangre de la tierra, de la vida y del espíritu carente de libertad. Mar magnético que me arrastró hasta sus límites para gozar con el arenal fruto de su generosidad.

Alimenté mi mente con viajes que atravesaban su ondulada superficie a bordo de veleros, calaveras o manejables txalupas sin llegar nunca a un destino fijado, sin esperar nada distinto al mecer de mi cuerpo por el arrullo constante de sus aguas y ese olor salado que desprende.

Dejé las montañas, pobladas de verde colorido, tan acogedoras y rebosantes de recursos, para admirar su inmensidad. Joven, niña e ingenua, me acerqué hasta el lugar más próximo donde el océano acariciaba la costa, insistente, tenaz, cariñoso como un buen amante sabedor de conseguir poco a poco el fruto de su perseverancia. En la ciudad prometida, construida bajo su amparo, San Sebastián.

Todavía recuerdo ahogarme ante tan descomunal presencia, anulando mi propia existencia con el único anhelo de aprender sus secretos, esos misterios que rondaban por el aire con el que todos los mortales respirábamos afortunados. Vegetales, alimañas y aves, animales pequeños o grandes se mostraban transparentes ante mis cada vez más desarrolladas facultades; pero esa extensión azul, oscura, escondía riquezas inalcanzables. Esta lejanía las hacía, si cabe, más atractivas.

Las gaviotas podían sobrevolarlo sin encontrar la manera de recorrer toda su extensión. El horizonte infinito desesperaba a cualquier aventurero impaciente por llegar a cruzarlo. Podría albergar todos los sueños de los seres humanos desde el comienzo de los tiempos.

La juventud, bendito coraje inconsciente, me bañó de la energía necesaria para enfrentarme a todos los retos que marcaban mis pasiones. En los ojos de varios mozos encontré otro tipo de placer y un asombro continuo al verme depositar mi ropa en el banco del batel con el que salíamos a alta mar, lejos de la costa, lejos de las miradas morbosas y donde, antes de perdernos en la excitación de nuestra piel, me lanzaba desnuda, como una punta de flecha, hacia las profundas aguas que nos sostenían. Intentaba atravesar todas sus capas para encontrar la esencia reveladora que me ayudara a comprender hasta dónde llegaba este hermoso continente buceando en su contenido. Era un pez que compartía mi vida con el resto de los seres marinos. Incluso me consideraba parte del mar. Yo golpeaba las rocas hasta convertirlas en polvo de arena. Cobijaba a todos los seres que poblaban mi interior y engullía barcos repletos de tesoros con los que decorar mis estancias. Alguna vez me pareció sentir la presencia de una enorme ballena viajando a algún lugar fantástico donde sería venerada como un dios mundano.

Y el pueblo cantaba.

Si lanzas al mar todos tus problemas

no se van sin más, vuelven con la marea.

Elige un lugar sin castillos de arena.

Cuida tu amor y olvida tus penas.

«Forma parte de Dios», me decía a mí misma. Algo tan complejo repleto de criaturas excepcionales, como los mismos cetáceos, avalaban en mi cabeza, en gran medida, la figura de ese ente superior al que adorábamos. Dios. Se suponía que era portador de justicia, bondad y humanidad. Todo estaba al alcance de todos y podíamos utilizarlo. En qué momento se torció el camino que partía de él y nos unía al final de nuevo con su presencia.

A nuestra imagen y semejanza los incontables cambios de humor del océano, que delimitaba el territorio, dejaban entrever su carácter divino mezclado con lo humano, confundiéndolo todo en un borrón ennegrecido. La clama se perdía de repente como un mal gesto ante algo reprochable. Un aviso de pura violencia. De origen celestial sin ninguna duda. Aguantaba mis ganas observando el poder de las incontables fanegas juntas por un mismo fin y sincronizadas en movimientos hipnotizantes. Me fastidiaba no poder navegar por esos lomos salvajes, envidiando a los también innumerables habitantes de las aguas profundas, que participaban en todos los estados de ánimo de su fiel cobijo.

Una mujer no podía trabajar en un barco pesquero. Incluso no debería pisar ningún cascarón que flotase bajo pena de mal fario. Se me escurría entre las manos, con el tiempo, el sueño de aprender a moverme por un ballenero y explorar lugares lejanos. Ser testigo de situaciones o ver pueblos que pocas personas habían visto quedó en un segundo plano, desplazado por la necesidad de seguir una trayectoria marcada por la sociedad. La vida cotidiana y ordinaria se apoderó de todos a mi alrededor y sucumbí sin remedio.

Aunque el papel de inquieta marinera desapareciera de mis posibles roles, no abandoné la necesidad de empaparme con lo que la naturaleza me ofrecía. Hierbas, insectos, árboles, plantas, animales y seres vivos en general tenían algo que ofrecer al ser humano en mayor o menor medida. Obra toda ella digna de su creador. Y pude aprender a utilizarla para el beneficio de la comunidad. Construí una vida junto a un buen hombre con el que compartir el frío invierno y las cálidas tardes de verano. A pesar de todo, los paseos por las playas y acantilados llenaban de gozo nuestros cada vez más ancianos corazones, aportando las dosis adecuadas de fuerza para aguantar los distintos temporales.

De la mano de los defensores de Dios, esa extremidad temida por creyentes y herejes, se llevaba más almas que el prodigioso mar. El carnaval al que sometían a las más puras intenciones hacía las delicias de oscuras perversiones reprimidas por votos imposibles de cumplir. Solo así se explicaban las atrocidades cometidas. Los nubarrones se posicionaban sobre los afectados como si intentaran evitar que alguien en las alturas pudiera ver lo que estaba pasando. Rompía el aire un ruido cortante fruto de la fricción del látigo agitado con saña hacia un inminente castigo.

Fui condenada a reconocer al diablo como un ser superior facultado con un conocimiento profundo del que yo me beneficiaba. De esta manera reconocía la ignorancia de nuestro Señor, el Creador y su incapacidad de enseñarme lo que sabía.

La imaginación, como arma de doble filo, es capaz de alimentar el espíritu hasta empujarlo a realizar acciones maravillosas y, también, puede poblar tu cabeza con imágenes insanas, sin sentido, que te acercan a herramientas de tortura.

El poder siempre se manifiesta cuando lo sufren las personas. A menudo, los más débiles. Si viene envuelto por hábitos de cualquier tipo de interés se convierte en una prolongada tragedia.

Yo era un juguete en manos del Mal. Me lo repetían y estaba de acuerdo al ver mi estado y quien me lo decía. Las fuertes tormentas que asolaban los mares cumplían mis deseos de segar vidas en el nombre del príncipe de las tinieblas. Asistía a aquelarres mientras un diablo me suplantaba en mi hogar yaciendo con mi marido y relacionándose con el vecindario con el fin de encubrir mis abominables reuniones.

Con más huesos rotos que sanos, el hombre bueno con el que enlacé mi vida, acusado de gran hechicero, me echó en cara el haber tenido encuentros carnales con un demonio con mi aspecto, mi olor, mi calor.

¿Cuál era la verdad en toda esta historia? Mi mente se encontraba colapsada por tantos hechos fantásticos y tantos maltratos.

Cuando caí de rodillas en la húmeda mazmorra, me encontraba contenta y tranquila por haber vivido tanto tiempo. Gotas de sangre mojaban mi temblorosa mano. El rojo líquido cubría todas mis arrugas llenándolas hasta desbordarlas al igual que la lluvia cubre las heridas creadas sobre las montañas y los valles, confluyendo en caudalosos ríos que acaban por verter su contenido en los inmensos mares. Las fuerzas se me escapaban y no podía dejar de pensar en la arena mojada bajo mis pies, en la fría caricia del agua en la orilla sobre ellos, constante, agradable, relajante. Ahora me podía liberar del cuerpo, ancla terrenal, e ir a explorar sus vastas extensiones sin miedo a los temporales, sin nadie que me atase.

Dragones de Stygia III: Antología de relatos

Ya está disponible en kindle y tapa blanda la tercera entrega de relatos cortos del grupo de talentosos escritores de fantasía denominado «El Círculo de Fantasía».

Historias que te cautivarán y con las que pasaras ratos inolvidables.

Una manera ideal de conocer a nuevos escritores de fantasía a un precio que está al alcance de todos.